Creemos en...

 Las Sagradas Escrituras.

    Esta iglesia cree y enseña, basada en el principio de autoridad de las Sagradas Escrituras, que las doctrinas y prácticas de la misma surgen de la convicción de que las Sagradas Escrituras son la Palabra de Dios y contienen todo lo necesario para el conocimiento de la salvación y para el cristiano en su testimonio personal y en sus relaciones eclesiales. Creemos en la inspiración verbal y completa de las Escrituras, tanto del Antiguo como el Nuevo Testamento. Entendemos que el Espíritu Santo no sólo inspiró los pensamientos de los escritores, sino que, también, formuló la estructura verbal misma en la que los pensamientos fueron plasmados, con el resultado de que los documentos originales fueron inerrantes en cuanto a los hechos e infalibles en cuanto a la verdad. Por tanto, las Sagradas Escrituras, los 66 libros que componen la Santa Biblia, tienen suprema autoridad en todo lo que atañe a la fe y a la conducta (1ª Corintios 2:13; 2ª Timoteo 3:16-17; 2ª Pedro 1:20-21).

 La doctrina. 

La doctrina de esta iglesia no se ha formulado en credos, pues basta el cuidadoso estudio de las Sagradas Escrituras, según las normas de una buena exégesis. Con todo, es de notar que las doctrinas acerca de la Deidad, la Persona de Jesucristo, de su Obra Redentora, su Resurrección y Glorificación, la Persona y la Obra del Espíritu Santo, coinciden con las expresadas en los primeros credos del cristianismo, siendo la línea de la primigenia ortodoxia cristiana. La doctrina basada en el estudio de la Santa Biblia, además, enseña una vida y Evangelio que deben ser vividos y comunicados. Por lo tanto, creemos y proclamamos:

A.            La existencia de Dios Único, Trino (Padre, Hijo y Espíritu Santo: eternos en su existencia, idénticos en su naturaleza, iguales en poder y gloria, y poseyendo exactamente los mismos atributos y perfecciones), Creador, Redentor, Fuente de toda verdad y Soberano (Deuteronomio 6:4; 2ª Corintios 13:14).

B.             La gracia de Dios, la Providencia, la Reprobación, la Revelación, la Redención y el Juicio Final.

C.           La pecaminosidad universal y la culpabilidad del ser humano alejado de Dios, que le acarreó la condenación eterna. Creemos que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios, pero por el pecado de Adán se alienó a sí mismo de Dios, adquirió una naturaleza pecaminosa y se puso bajo sentencia judicial de muerte (Génesis 1:25-27; Romanos 3:22-23; 5:12-21; Efesios 2:1-3,12). La retribución de los impíos e incrédulos y la recompensa de los justos no tiene fin, y así como la recompensa es consciente, así, también, lo es la retribución (Romanos 3:10; Mateo 25:46; Marcos 9:43-48; 2ª Corintios 5:1; 2ª Tesalonicenses 1:7-10; Apocalipsis 20:15; 22:3-5,11).

D.            Que el Señor Jesucristo, el eterno Hijo de Dios, llegó a ser hombre, sin cesar de ser Dios, habiendo sido concebido por el Espíritu Santo y nacido de la virgen María, para que Él pudiese revelar a Dios y redimir al ser humano pecador. Creemos y proclamamos que el Señor Jesucristo, que vivió sin pecar y su naturaleza no era pecaminosa, llevó a cabo nuestra redención mediante Su muerte en la cruz como un sacrificio propiciatorio y sustitutivo, y que nuestra redención nos está asegurada por Su resurrección de entre los muertos en el mismo, aunque glorificado, cuerpo en el que fue crucificado. Creemos y proclamamos que el sacrificio vicario de Jesucristo es el único y suficiente fundamento de redención de la culpabilidad y del poder del pecado, así como de sus consecuencias eternas. (Juan 1:1-12, Lucas 1:35; Romanos 3:24-25; 1ª Pedro 1:3-5). Creemos y proclamamos que el Señor Jesucristo ascendió al Cielo en su cuerpo glorificado y está ahora allí exaltado a la diestra de Dios donde, como Sumo Sacerdote para Su pueblo, cumple los ministerios de Representante, Intercesor y Abogado (Hebreos 9:24; 7:25; Romanos 8:34; 1ª Juan 2:1-2).

E.            Que el Espíritu Santo, la tercera persona de la Deidad, durante esta época habita dentro de todos los creyentes en el Señor Jesucristo, los bautiza dentro del Cuerpo de Cristo y los sella hasta el día de la redención, y que a todos los creyentes Dios les manda que sean llenos del Espíritu Santo. Creemos y proclamamos la obra del Espíritu Santo quien ilumina, regenera, mora en el creyente y lo santifica (Romanos 8:9; 1ª Corintios 12:12-14; Efesios 1:13-14;5:18-20).

F.             Que la salvación es el don de Dios ofrecido al hombre por gracia y recibido por la fe personal en el Señor Jesucristo crucificado y resucitado de los muertos, y ascendido a la gloria a la diestra de Dios Padre, y que esta fe se manifiesta en obras que agraden a Dios (Efesios 2:8-10; Tito 2:11-14). Creemos y proclamamos que todos los verdaderos creyentes una vez salvados son preservados salvos para siempre (Romanos 8:1,38,39; Juan 10:27-30; 1ª Corintios 1:4-8; Filipenses 1:6; 2ª Timoteo 1:12).

G.           El sacerdocio de todos los creyentes que, en la unidad del Espíritu Santo, constituye la iglesia universal, el cuerpo del cual Cristo es la cabeza, comprometidos por el mandamiento de su Señor a la proclamación del Evangelio a todo el mundo (1ª Pedro 2:9-10).

H.           El retorno premilenial, personal y visible de nuestro Señor Jesucristo en poder y gloria para establecer su Reino sobre la Tierra, la resurrección de los muertos y el juicio de vivos y muertos (Hechos 1:9-11; 1ª Tesalonicenses 4:13-18; Zacarías 14:4-11; Mateo 25:31-46; Apocalipsis 11:15-17;20:4-6,11-15).

 La Iglesia.  

Las enseñanzas neotestamentarias afirman que la Iglesia Universal se compone de todos los verdaderos creyentes en Jesucristo, quien ocupa su jefatura. Por ello, en la consecución y mantenimiento de la verdadera comunión cristiana entre todos los hijos de Dios, esta iglesia local rehúsa constituirse en una denominación. Por la misma razón la Iglesia Universal, no puede ser limitada o fraccionada por fronteras nacionales (Efesios 1:22-23; 5:25-27;1ª Corintios 12:12-14; Gálatas 3:26-28)

La iglesia local.  

Por el estudio del libro de los Hechos de los Apóstoles y de las Epístolas apostólicas se comprende que los Apóstoles y sus ayudadores predicaban el Evangelio, reuniendo luego en iglesias locales – o Asambleas- a los que aceptaban el mensaje de la Salvación que es en Cristo Jesús. Los miembros de estas iglesias locales, se reunían a los efectos de la adoración, la comunión, la edificación mutua y el testimonio frente al mundo, reflejando así, en una determinada localidad, la realidad de la Iglesia Universal. Esta iglesia local procura persistir en esta norma apostólica en todo tiempo y es autónoma, en el sentido de que no está sujeta a una dirección exterior y humana, sino sumisa a Jesucristo como Señor de la Iglesia y relacionada espiritualmente con iglesias hermanas, es decir, aquellas que sigan principios bíblicos análogos. Es necesario que todos los creyentes asistan y apoyen a una iglesia local que crea en la Biblia (Hebreos 10:25)

Relación entre las iglesias locales.  

Las iglesias locales como en los tiempos apostólicos, se sienten unidas por el amor y la comunión cristiana, lo que da lugar a la ayuda mutua en el ministerio y en determinadas obras y servicios de interés general, sin que se organicen como una denominación que las englobe bajo control de una jerarquía eclesiástica o de un sínodo. Las reuniones ocasionales de los Pastores o Ancianos de varias iglesias locales, permiten el estudio de asuntos de interés común, a la luz de las Escrituras y con la guía del Espíritu Santo, de lo que resultan consejos y recomendaciones que se ofrecen a las iglesias locales, sin ninguna implicación legislativa o mandataria. 

La autoridad y el servicio en la iglesia local.  

La autoridad es siempre espiritual, conforme a las Sagradas Escrituras, nunca jerárquica. Los hermanos que cuidan de la grey del Señor, movidos por el amor y por el don que han recibido del Espíritu Santo, son reconocidos como Pastores o Ancianos, según el modelo del Nuevo Testamento. El número plural de Pastores en la iglesia local varía según las necesidades y las circunstancias de cada caso. El servicio en la iglesia local es voluntario y quienes sirven pueden ser reconocidos como Diáconos. 

El ministerio en la iglesia local.  

El ministerio de la Palabra de Dios se ejerce por hermanos dotados para esta obra, siendo preparados mediante el estudio de las Sagradas Escrituras. A los Pastores les corresponde hacer la debida provisión para el ministerio de la Palabra. Los creyentes con vocación y ejercitados ya en el ámbito de la iglesia local, pueden dedicar todo su tiempo a un ministerio amplio y ser reconocidos como “Obreros del Señor”, debidamente encomendados por la iglesia local o grupo de iglesias locales. En modo alguno se admite el profesionalismo en el servicio eclesiástico, ni la distinción entre clérigos y laicos, ya que el sacerdocio es espiritual y se ejerce por todos los verdaderos creyentes. 

La Iglesia y el Estado.  

    Según los mandatos del Señor y las enseñanzas de sus Apóstoles, la iglesia procura “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22:21) sometiéndose a las Autoridades y orando por ellas. Sin embargo, si llega el caso de que las Autoridades, civiles o militares, manden algo contrario a las claras enseñanzas de la Palabra de Dios y lesivo, por tanto, a la conciencia cristiana, prevalece el principio apostólico de “obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 4:19). Del Nuevo Testamento, también, recibe claras enseñanzas para una leal ciudadanía y una pacífica conducta en la sociedad. Esta iglesia local no invoca exenciones especiales, pero sí la máxima dimensión de respeto a la conciencia cristiana y a la libertad religiosa, que son postulados fundamentales de la vida cívica y la ética social.